El parque está tranquilo. El sol filtra a través de los árboles. Un perro tira de su correa. Pero no es un hombre quien camina detrás de él. Es una silueta metálica, rígida, que avanza a saltos. En Ginebra, se filmó a un robot humanoide paseando a un perro (Le Dauphiné libéré). La escena, filmada por un transeúnte, recorrió las redes sociales. Y no deja a nadie indiferente.
Miramos el vídeo. Sonreímos. El robot se mueve mal. Sus piernas parecen dudar. No hay gracia en sus pasos. Es mecánico, crudo. Y es precisamente lo que desencadena una ola de reacciones masivas en línea, oscilando entre el divertimento y el escepticismo (Le Dauphiné libéré). Para muchos, es gracioso. Es absurdo. Es una broma tecnológica que sale mal. Pero para otros, la sonrisa se desvanece rápidamente. Porque detrás del chiste, hay una pregunta que pesa mucho.
El robot va a saltos, el perro quizás manda: ¿quién pasea a quién?
Los movimientos del robot eran entrecortados y carecían de fluidez, lo que divirtió a muchos internautas (Le Dauphiné libéré). Vemos al perro tirar, al robot tensarse y luego avanzar con un paso dudoso. La imagen es potente. Invierte los roles. En nuestra cabeza, el humano es el amo, el guía. El perro sigue. Aquí, es al revés. Algunos internautas destacaron la ironía de la situación al afirmar que era el perro quien paseaba al robot (Le Dauphiné libéré). Es una imagen que permanece. La de una máquina impotente, tironeada por una bestia viviente, llena de vida y espontaneidad.
Esta falta de fluidez no es un detalle. Es el síntoma de una tecnología aún joven. Ejecuta. Reacciona. Está ahí, es físico, pero vacío. Y es este vacío lo que intriga. Nos preguntamos: ¿qué pasaría si este mismo robot, con sus movimientos entrecortados, tuviera que gestionar algo más que un paseo?
Imagina tu casa. Imagina que este robot entra en tu hogar. Cruza el salón. Pasa frente a tu hijo que juega en el suelo. Sus pasos son pesados. Sus movimientos son impredecibles. No ve el juguete en el suelo. No se detiene. Continúa. Y si, quizás mañana, estas máquinas fueran capaces de hacer más? ¿De cargar, de empujar, de mover? El miedo no está en el robot en sí. Está en la ausencia de control. En el hecho de que aún no sabemos cómo dominarlo perfectamente.
«Da miedo»: el temor que crece bajo las risas
La experiencia ha reavivado los temores en torno al rápido auge de la robótica y a la pérdida de control del humano frente a la máquina (Le Dauphiné libéré). Es el tema recurrente de los comentarios. Bajo los memes y las risas, se alza una voz más grave. Un usuario declaró: «Esto no me hace reír.... da miedo» (Le Dauphiné libéré). Esta frase es corta. Es seca. Resume la incomodidad de muchos. Ya no reímos cuando nos damos cuenta de que la máquina está ahí, en nuestro espacio vital, y no es fiable.
Piensa en tus padres mayores. Piensa en tu pareja cansada. Piensa en ti, por la noche, después de un largo día de trabajo. Necesitas seguridad. Necesitas previsibilidad. Un robot que va a saltos, que duda, que puede «volverse loco» como dice otro internauta, es una fuente de estrés. Un usuario advirtió: «Vamos a reírnos mucho menos cuando todas estas cosas se vuelvan locas» (Le Dauphiné libéré). Es una amenaza latente. Quizás no una amenaza inmediata. Pero una amenaza que crece con cada nuevo vídeo, cada prototipo, cada anuncio.
El miedo no es irracional. Está arraigado en nuestra historia. Siempre hemos tenido miedo de lo que no entendemos. De lo que nos supera. La robótica avanza rápido. Demasiado rápido para que nuestra psique se adapte. Queremos máquinas serviciales, discretas, inofensivas. Pero vemos máquinas que tropiezan, que se quedan paralizadas, que parecen a punto de volcarse. Y esta imagen, la del robot que pasea al perro, es el espejo de esta angustia. Nos muestra que ya no somos los únicos actores de nuestro día a día.
¿Y si el paseante de tu perro ya no fuera un humano?
Otro usuario expresó su preocupación por los fines de uso de estos robots, afirmando: «Lo inquietante es para qué fines se utilizarán estos robots, seguramente no solo para pasear al perro» (Le Dauphiné libéré). Esta frase es la clave. El perro es un pretexto. El paseo es una prueba. Pero ¿la prueba es inofensiva? No.
Y si, mañana, este robot ya no paseara al perro, sino que vigilara tu puerta? Y si, en lugar de ir a saltos, avanzara con precisión quirúrgica? Y si, en lugar de divertirte, te observara? El límite entre el servicio y la intrusión es fino. Aceptamos las cámaras. Aceptamos los asistentes de voz. Pero ¿un cuerpo físico, en nuestro jardín, en nuestra calle, en nuestro salón? Es una etapa diferente. Es una presencia. Y una presencia que no se puede ignorar.
El vídeo de Ginebra es un espejo. Nos muestra dónde estamos. Estamos en una fase de transición. La tecnología está ahí, pero es frágil. Es ruidosa. Es visible. Y nosotros, estamos divididos. Queremos la innovación. Queremos la comodidad. Pero también queremos seguir siendo dueños de nuestra vida. La pregunta no es si el robot paseará a tu perro. La pregunta es: ¿estarás listo para abrirle la puerta?
El robot se detiene. El perro ladra. El vídeo termina. Pero la pregunta, ella, permanece. Gira en tu cabeza, por la noche, cuando miras por la ventana. Y si el próximo paso no fuera el robot avanzando, sino tú retrocediendo?

